Pedro Chavero habla de su novela “Habitación 226”

El pasado 29 de noviembre Lettere presentó en el café Libertad 8 la novela de Pedro Chavero Habitación 226, con la atención de un público volcado en las palabras del autor y de aquellos que le acompañaban: Carlos Sánchez, director de El Confidencial, e Ignacio Rodríguez, editor de Lettere. Os dejamos a continuación las palabras de nuestro autor, que nos ayudan a entender mejor su novela, desde su propia perspectiva:

Habitación 226 es el relato de las aventuras de un niño de alrededor de 14 años en un mundo mísero, sórdido, cruel… La España de los 60. El niño se enfrenta a hechos horribles con la mirada inocente pero con la actitud de un héroe, de un líder que imparte, de manera inconsciente, justicia, provocando en el lector la aceptación y a veces el requerimiento de respuestas a estos hechos cuanto menos controvertidos.

Es una novela escrita consecuentemente, repleta de dilemas morales, de trampas, que no deja a nadie indiferente y que según algunos lectores provoca un torrente de emociones, un mar de sentimientos, curiosamente muy diferentes en cada uno de ellos, dejando al desnudo sus principios morales, sus prejuicios, sus miedos y sus convicciones.

He recibido desde las más fervorosas felicitaciones hasta amenazas, desde “este libro ha cambiado mi vida” hasta “este es el primer libro que me planteo no tener en mi biblioteca”.

Habitación 226 no es, por tanto, un libro de entretenimiento, no es un relato para gustar: es una novela, parafraseando a Kafka, que muerde.

Atiborrados de historia novelada, de novela barata, de novela negra y cine barato, con este relato he pretendido, además de curar mis heridas como escribo en el mismo, abrir las tuyas, las del lector, ignorante de lo que pasó u olvidadizo con aquellos hechos.

En palabras de Paul Auster, “la escritura es una actividad para seres heridos, por eso los escritores crean otra realidad”. No es mi caso, en Habitación 226 no he creado ninguna realidad, he contado una verdad incontrovertible, unos hechos verídicos con escasas concesiones, las justas, a la ficción, a la imaginación. Tengo que confesar que lo escribí para mis hijos, para enseñarles a aceptar la vida sin dejar de luchar y para que los principios que la rijan sean la amistad, el espíritu de supervivencia, el compromiso, la ambición y la lucha por la justicia.

Os animo, por tanto, a opinar en la web www.lettere.es sobre la novela en sí, pero especialmente sobre los hechos y los personajes: Antonia, Don Ambrosio, Santiago, el abuelo, Sandalio, Dulcita y Toñín. Me queda deciros que no tuve alternativa para elegir el tiempo en el que transcurre la acción, ni el recurso literario para contarla. Solo la autobiografía relatada por un niño podía tener la fuerza necesaria, el impacto suficiente, para provocar al lector, para herir su comodidad, su olvido. El franquismo, esa etapa oscura, mísera, es el lienzo sobre el que he pintado un mundo que aún no ha desaparecido, un mundo del que todo se sabe y nada se habla.

La falta de novela social no nos ha dejado constancia del enorme esfuerzo que muchos necesitaron hacer para sobrevivir y de cómo lo hicieron: humillados y ofendidos. Esta es otra de las razones por las que no tuve alternativa para situar los hechos en aquel tiempo, cuyos únicos relatos aceptables para el régimen fueron El Jarama, una novela insulsa, y Tiempo de silencio, un relato censurado.

En una época en la que la familia, la Iglesia y el Estado regían (tal fue su influencia), y aún hoy rigen, la vida social, los hechos, las aventuras de Toñín, dejan, coloquialmente hablando, a estas tres instituciones “con el culo al aire”.

He querido, para terminar, escribir mis propias experiencias, sin temor a ser criticado, sin el crisol de la experiencia y sin ningún deseo de ser halagado o compadecido. Por eso he elegido el yo como protagonista, el niño valiente, ambicioso, como relator de un mundo cruel, inmisericorde. He intentado también dejar constancia de quienes realmente han curtido mi carácter, despedazado mi timidez y abierto mi mente para sobrevivir sin miedo ni prejuicios en este mundo cruel en el que ni el Estado del bienestar ni las redes sociales, por mucho que influyan, podrán borrar nuestros sentimientos, nuestras esperanzas. Me refiero a Kafka, Cela, Dostoievski, Salinger, Delibes, Sábato y otros, de los que encontraréis notas casi imperceptibles en este relato al que yo prefiero llamar testimonio. Como he dicho anteriormente, fue escrito para mis hijos; no se sale de un mundo así sin grandes convicciones morales, las mismas que he inculcado a mis hijos y que me han permitido llegar hasta aquí casi intacto. Y para explicar la génesis de esta gran construcción moral que ha sido mi vida tenía dos alternativas: o contar que dos voces, una del cielo y otra del infierno, me habían susurrado la novela, o escribir mis recuerdos, como he hecho en Habitación 226.

Muchas gracias por vuestra atención.

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