Prólogo de Ricardo Peidró para “Habitación 226”

Acepto con gusto el pedido de Pedro Chavero de prologar su debut literario. Y lo hago con gusto, no solo por deber de amistad, sino, sobre todo, por sus méritos evidentes.

Cuando supe que íbamos a compartir años en San Petersburgo, defendiendo nuestros intereses de país, indagué acerca de él, y un amigo común lo definió como un “resolvente”. Y así procede el autor, enmarcando sus recuerdos en el fresco de una España —la de inicio de los 60—, entre olvidada y escondida, y ello no solo por los que la causaron y aprovecharon de ella sino por los que la sufrieron.

Y esa España debe servirnos no solo de pasmo, sino sobre todo de ejemplo. Me explico: en el libro de Pedro subyace un leitmotiv perceptible, la emigración interna y la externa. Nos produce sonrojo, empezando, estoy seguro, por el narrador, que la eterna columna vertebral —unidad de destino en lo universal— generadora del miedo ya presente entoces, sobreviva ahora con perversa inutilidad, pues es ponerle puertas al mar.
Pocos antecedentes tiene la novela social en España. Nuestro Galdós estaba justamente fascinado por la incipiente burguesía. Aparecen destellos, a veces fulgurantes, en La Busca de Baroja; La Forja de un rebelde de Barea; en Marsé; y en Tiempo de silencio de Martín-Santos, aunque como observador foráneo. El limes de todos ellos era el Manzanares, entre otras cosas porque el aluvión vallecano escenario de Pedro, aún no existía.

Nos falta en nuestra narrativa un Dickens de Hard Times, y aún más, un Zola de Germinal. Por ello otro mérito de Pedro es adentrarse en el terreno donde van a parar los emigrados que buscan sobrevivir en las chabolas de las urbes, provenientes de la miseria, en especial Extremadura y Andalucía.

En una época en que los datos se mezclan con la “post-verdad”, recordemos uno. España solo recupera el nivel de vida de 1933 en… 1953. Dos décadas en que el elemento principal fue el levantamiento insurreccional, así como la infame postguerra. Ambos tuvieron como ejes vertebradores a la Iglesia y las Fuerzas Armadas y las del Orden, que sostuvieron el sistema, aguzando las quiebras del mismo (contradicciones decíamos entonces). Ambos elementos están presentes en el cuadro, veraz y terrible, que traza Pedro.

La Iglesia en especial, se lleva la zurra que merece, en dos temas clave, escamoteados a la ciudadanía desde siempre: la pederastia y el robo de niños. Las putas monjas decoran ese paisaje donde no debéis buscar las madalenas de Proust sino el chocolate con churros. En cuanto al infame Padre Ambrosio, su presencia debería convertir este libro en lectura obligatoria en colegios religioso-concertados y seminarios. No esperemos a que en Pennsylvania descubran la pólvora para seguirles. Reivindiquemos a nuestros numerosos Romanones…

Pese a ser una obra breve, el ritmo de staccato del libro recoge elementos esenciales del medio franquismo.

A finales de los 50, la batalla interna dentro del sistema la van ganando los tecnócratas —el Opus—. De su mano aparece el Banco Mundial, cuyo informe lleva al Plan de Estabilización, y como consecuencia la emigración en masa de más de dos millones de españoles. También esa emigración, compitiendo como verán en los amores incipientes del protagonista, está en este libro.

Algunas breves pinceladas sobre el estilo. Le style c´est l´homme, debemos concordar (al menos así lo hago yo). Aunque el autor recurra con frecuencia a fórmulas ambivalentes, del tipo: “a mí me daba igual esto o aquello”, no logra enmascarar su compromiso, y sobre todo, su rechazo, a un mundo injusto e inmisericorde. Del mismo modo, creo, la descripción a veces cruda del otro protagonista, su madre, no logra ocultar su admiración y amor por ella.

El que varios personajes infames acaben como títeres —literalmente— sin cabeza, no es sino un aliciente para no dejar la Justicia para el más allá, sino reclamarla aquí.

Acabo con una propuesta, que Antonio —Pedro— persevere en la escritura. Después de todo, si bien recuerdo, Saramago empezó a su edad, y llegó donde llegó.

Ricardo Peidró Conde,
Embajador de España

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