La ética de «Habitación 226», por Ubaldo Fernández

Pedro Chavero, en su libro Habitación 226, se hace amigo de Nietzsche y remata el “Dios ha muerto” no quizás, por esos raros azares de la vida, haya vuelto a resucitar. Contento tiene el autor a Lucifer que ya cuenta con uno más entre las llamas, contento tiene a la jerarquía eclesiástica por sus denuncias a la hipocresía, mentiras y pedofilia de la santa iglesia del amor y amparo de los pobres… Por eso, el lector se encuentra con un protagonista que, con una joven mirada limpia, nos hace adentrarnos en la suciedad del estiércol, perfume de la dictadura, fumata blanca del Vaticano. Mas el incienso y el agua bendita no logran eliminar el mal olor que desprende esa sociedad embarrada en el fango de la injusticia y la violencia. De ahí que los que leemos el libro, junto al niño valeroso, caminemos ante vivencias diarias, ocultas durante mucho tiempo, que los viejos recuerdan y los jóvenes ignorantes no acaban de creer.

Una ética de la existencia con raíces en la honradez. Porque el protagonista es un chaval legal y actúa de acuerdo con su sentido de la justicia. Pasa por alto el “no matarás”, porque en ocasiones la muerte es la que hace las veces de la diosa con ojos vendados, espada y balanza. Olvida el “no robarás”, ya que, como dice nuestro refrán, “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Escándalo para los de sotana negra y alzacuello blanco. Así de provocador encontramos a Chavero en estas páginas de su rápido y breve libro, velocidad de quien se debate en una adolescencia recién salida de la pubertad. Y es, por otra parte, una ética de situación en la que ese niño, ya crecidito, tiene que echar mano de su conciencia en las múltiples circunstancias en las que el autor le obliga vivir. Decisiones rápidas ha de tomar el muchacho, juicios morales que necesita al momento para escapar airoso y en paz consigo mismo.

Este embrollo de pasiones en que el libro nos sumerge no deja de ser un canto a la libertad de acción, un empuje hacia la lucha, un alejamiento de la cobardía y resignación estoica. Algún lector encontrará, sin miedo a equivocarse, en todo ello una reminiscencia de aquella lucha sindical ya pasada de moda…, desgraciadamente, y que el autor bien conoce. Y es que, no nos engañemos, la ética del libro es la heroicidad quijotesca de “desfacer entuertos”, como dice la novela universal. Un protagonista valiente al que no le hacen falta unos mandamientos escritos en piedra. Es lucha, es caer y levantarse. Ya quedó atrás aquel Sísifo mitológico y su pesada piedra.

Ahora los lectores pedimos al autor que nos obligue a caminar con el muchacho en una continuación del libro, en una segunda parte que, al revés del dicho popular, no tiene por qué ser mala. Queremos leer y saber cómo esa ética de la existencia, de la situación concreta, de la heroicidad como compañera de viaje, nos hace conocer al niño, que ya sería un hombre “hecho y derecho”, en sus actos de años posteriores y analizar si hoy, en pleno arranque del siglo XXI, el protagonista puede tener su conciencia tranquila. En la espera nos hallamos, amigo Pedro.

Ubaldo Fernández

Filósofo y escritor

Enero, 2019.

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